Título: EL REENCUENTRO DE LOS DETECTIVES Autor: detective_paw Fandom: Detective Conan | Rating: T Resumen: Shinichi vuelve por fin de manera definitiva a su apariencia normal de chico de 17 años, y debe resolver muchos cabos sueltos, empezando por su relación con Ran. ¿Qué tendrá planeado para que Ran vuelva a confiar en él? (Forma parte del Conantober de octubre de 2026, más información en la cuenta @shuuxixi en twitter) Voy a combinar los días 6 (Familia) y 12 (pareja), en dos capítulos de puro confort. ────────────── Capítulo 1: • Regreso • Shinichi llamó a la puerta y se sorprendió al encontrar a un Kogoro Mouri desaliñado en lugar de a su novia, a quien quería ver a toda costa. Ahora que había vuelto a su cuerpo, le sorprendió notar que la diferencia entre ambos en cuanto altura eran solo 4 centímetros, lo que le permitía ver todavía mejor su estado resacoso y la ira en su mirada, que iba aumentando exponencialmente. —Vaya, mira quién resucita de entre los muertos. —Soltó un bostezo despectivo. —¿Qué narices quieres, mocoso? Shinichi sonrió un poco, con incomodidad. La escena le era muy familiar, y a ratos se le hacía divertido lidiar con el temperamento de Kogoro, porque le recordaba al de Ran enfadada, salvo por la frecuencia con la que esto sucedía. Sin embargo, después de haber hecho llorar a Ran el día anterior por haberle contado la verdad y haber recibido un bofetón, pasando una noche de insomnio intentando planear su siguiente movimiento, ver a su suegro, el cual no era consciente ni de su relación ni del conflicto, había sido desesperanzador. —¿Y Ran? —Preguntó con timidez, aguardando que la respuesta no viniese acompañada de insultos. —No está. —Resopló, a punto de cerrar la puerta. Shinichi puso el pie y maldijo el golpe que recibió al interponerse. —¿Mouri-san? ¿Podría esperarla aquí? Kogoro se veía especialmente irritable, arqueando una ceja con incredulidad. —¿Disculpa? Antes de que el mayor discrepara, Shinichi ya se había colado en su domicilio, inspeccionando el salón con detenimiento. Comida instantánea, botellas de cerveza y un programa antiguo de Yoko Okino. Todo apuntaba a que Ran no había pasado la noche allí, lo que significaba que probablemente hubiese ido a la de Sonoko aquella noche. Recuperando la compostura tras haber deducido aquello, se enfrentó al vociferador de su padre, que ya estaba empujándolo con fuerza de vuelta a la entrada. —Espere, espere. ¿Qué le parece si recojo todo esto antes de que vuelva? —Añadió con amabilidad. —Además, Conan-kun me dijo que su página web necesita una urgente actualización, podría ser de ayuda con eso. Kogoro, que tenía la corbata ataba en su propia cabeza, con confusión, fue a ver la página web que Conan le había creado, notando que daba un error y no se veían las solicitudes. Mirándole con sospecha como si él lo hubiese provocado —que de hecho, lo había hecho con el pequeño cuerpo poco antes por si algo así sucedía —, no tuvo más remedio que aceptar su oferta. Así que mientras Shinichi tomaba una bolsa de basura y se ponía a recoger todo, podía escuchar los pisotones de Kogoro, quien solo lo miraba desde el sofá. —Y dime, muchacho… —Habló en un tono alto tras varios carraspeos. —¿Me puedes explicar cómo sabes dónde va absolutamente todo? Shinichi se tensó y su cuerpo se quedó paralizado por un momento, con la bolsa todavía en la mano y unas latas vacías en ella que tintinearon antes de su pausa dramática. Nervioso, tuvo que inventar algo con rapidez. —Conan-kun me lo contó. —Se rio con normalidad, pensando en lo irónico que era que se autodefendiese desde el otro polo. Sus identidades secretas siempre iban a ser su mejor excusa en la que respaldarse. Kogoro, insatisfecho con la respuesta, siguió con su interrogatorio. —¿Y se puede saber dónde está el crío ahora? —¿No te lo han dicho sus padres? —Recuperó la compostura, mintiendo y habituado a la sensación tras tantos meses de ensayo. —Conan-kun vuelve con ellos. —Bueno, por fin una buena noticia. A Shinichi se le borró la sonrisa por una cara de breve indignación que tuvo que cambiar con rapidez. Lo odiaba, pero le había tomado muchísimo cariño al padre de Ran, y aunque en el fondo sabía que era mutuo, a veces no podía evitar reaccionar a tantos comentarios hirientes. —Por cierto, Mouri-san… —Hablaba el joven, que ya casi había terminado y el lugar comenzaba a verse bastante decente. —¿Puedo preguntarle una cosa? —Si lo vas a hacer igualmente, porque eres un mocoso impertinente, no tiene sentido pararte. Shinichi tragó saliva, visiblemente nervioso e inseguro. A pesar de eso, logró articular las oraciones de manera segura. —¿La semana que viene, podríamos cenar Ran, Kisaki-san, usted y yo, todos juntos? Kogoro se levantó, quedando frente a él. —¿A cuento de qué? —Nada, solo… Bueno, he vuelto para siempre y me gustaría celebrarlo así. —Improvisó, ya que el verdadero objetivo era bien diferente. —Lo pensaré. Lo hablaré con Ran. —Respondió tras una pausa, que parecía en el fondo infundada por un poco de curiosidad. —¿No le habrás hecho algo y por eso no vino ayer, verdad? —Lo agarró un poco del cuello de la camiseta. —N-no, nunca le haría daño. Es mi… —Se paró a si mismo, incómodo por la mirada confusa y aquel agresivo contacto — Ella es importante para mí. —Más te vale, porque sino haré contigo lo mismo que hago con los criminales, ¿estamos? Shinichi tragó saliva, viendo el puño cerrado de Kogoro y teniendo reminiscencias. —Tranquilo, ojii-san. Kogoro lo agarró más fuerte. —¿Cómo has dicho? —¡N-no he dicho nada! No dije nada. —Sonrió, sudando un poco. El señor Mouri lo soltó con un pequeño empujón. —Bueno, ponte con el ordenador en lo que me cambio y me afeito. —Se retiró entonces, haciendo que el oxígeno de Shinichi volviese por fin a llegar a su cerebro. --- Cuando Ran llegó a casa su padre estaba dormido en el sofá y Shinichi estaba tecleando en el ordenador de su escritorio, igual que lo hacía habitualmente como Conan. No pudo evitar sonreír al ver todo recogido y aproximarse hacia él, que ya la estaba mirando y cerrando el portátil. —¿Cuándo has llegado? —Preguntó con timidez, después de haberlo estado evitando desde que le tomó de las manos y le dijo la verdad que tanto había sospechado pero descartado ella. —Eso no importa, Ran. —Su voz se suavizaba hablando con ella. —¿Cómo estás? Ran dejó esperar unos segundos para reflexionar de manera genuina sobre la pregunta. —Siento que tenemos mucho de qué hablar. —Aclaró con severidad. —Pero ahora mismo no me salen las palabras. Shinichi asintió. —No hay prisa, Ran. Puedo esperar. —Con dulzura, se acerca a ella y le coloca el broche de su colgante detrás de su pelo. —¿Tienes humor como para acompañarme a un lugar? Ran lo miró a los ojos y lo que le transmitieron le dio la suficiente seguridad como para asentir. Fueron de la mano y llegaron al Tropical Land, el lugar donde empezó todo. Al principio, Ran se había quedado muda. El sitio le daba demasiados malos recuerdos. Pero entonces Shinichi le empezó a hacer cosquillas, y mirarlo y ver cómo no soltaba su mano hizo que se fuese olvidando de la mala sensación que se había acumulado anteriormente en su pecho. Volvieron sobre sus pasos en aquella primera cita en aquel parque de atracciones, pero esta vez sin ningún crimen de por medio, solo sus sonrisas y el coqueteo constante del joven. Ran lo notaba muy diferente. A diferencia de la primera vez, donde ella era la que le escuchaba hablar y él hablaba, esta vez los papeles se habían intercambiado. Shinichi prestaba atención a cada detalle de ella. El tono de su voz cuando hablaba, aquello que le llamaba la atención, aquello por lo que no quería pasar. Si hubiese sido el Shinichi de hacía casi 7 meses, no habría tardado en llevar la iniciativa de la conversación, despotricar sobre Sherlock Holmes en los libros de Arthur Conan Doyle, o presumir de sus propias hazañas. Sin embargo, ahora tenía algo muy diferente. Las caricias que él le daba de vez en cuando en su agarre la hacían estremecer porque siempre eran en los momentos donde ella dirigía su mirada hacia aquellas zonas que le despertaban recuerdos que asociaba con el fatídico accidente que ocurrió ese día. Se tomaron fotos, volvieron al centro del parque a refrescarse, y el sol se fue yendo para dar paso a la luna, las estrellas y las luces artificiales que formaban parte del atractivo de Tropical Land. Hubo un momento en el que, corriendo, a Ran se le desataron los mismos cordones que provocaron que no persiguiese a Shinichi aquella noche. Y el hecho de que fuesen los mismos zapatos, el mismo pie, la misma aproximada hora, la misma exacta localización, hizo que sus ojos se llenasen de lágrimas. Pero su novio se arrodilló, le ató los cordones y le dio un cálido beso en la mejilla, borrando con ternura cualquier rastro de lo que había pasado. —Ran. —La había abrazado de la cintura, permitiendo que ella se acurrucase en su pecho y escuchase su corazón, latiendo frenéticamente. —He venido para quedarme. —Ran apretó su agarre alrededor de su cuello, y aunque lo estaba casi asfixiando, el chico no se movió ni murmuró un quejido. Cuando Ran se separó para mirarlo, él la estudiaba con aquellos ojos azules propios del detective en el que se había convertido. Cenaron allí mismo un par de dulces y un chocolate caliente, y poco después, Shinichi la arrastró hacia la fuente donde había planeado llevarla al final de su cita la primera vez que fueron. En su mente, era allí donde darían su primer beso juntos, el último lugar que había puesto en su libreta y que no llegó a alcanzar por salir corriendo en busca de justicia. Era… Un lugar perfecto. El relajante ruido del agua un poco más alejado del gentío, las luces, tanto de la noche como las del propio parque. Casi parecían ser los protagonistas de una romántica postal. Sin embargo, no podía ignorar el contexto de aquella situación. Ran tenía en ese instante una mirada apagada y él empezaba a cuestionarse si revivir la cita había sido una buena idea, nervioso. Quizá solo le había ayudado a recordar el gran engaño que tejió durante tanto tiempo sobre ella, impidiéndole descubrir la verdad a pesar de sus sospechas. Quizá solo estaba asimilando que la existencia de Conan Edogawa y todos los momentos que pasaron juntos no había sido real. Era difícil saber qué pasaría por la mente de su novia en esos instantes, así que tras un breve silencio, se atrevió a preguntar. —Ran… —Empezó, con voz mecedora —¿Quieres hablar sobre algo? La mujer se sorprendió por la ruptura de silencio, y sonrió un poco al encontrarse unos ojos dubitativos y preocupados por ella. —Yo… Es que quería decirte una cosa, Shinichi. Siento que tenemos que hablar. [i]Tenemos que hablar.[/i] Shinichi no podía creer que la cita hubiese salido tan mal. Percibía que no había sido “perfecta” porque es imposible fingir que nada había pasado. Para los dos. Pero… [i]“Tenemos que hablar”[/i]. ¿Ran quería terminar la relación? ¿Quería tiempo? ¿Justo cuando podían comenzar todo de la manera correcta? ¿Justo cuando ya podían disfrutar el uno del otro? Comenzó a parpadear rápido, a poner las manos en los bolsillos para que no se notase el temblor, y rezó para que ella no notase cómo le había afectado aquella frase. Tenía que mantener la compostura. Aceptar las consecuencias de sus actos. No podía juzgarla por cualquier decisión que tomase. Solo no se esperaba que fuese esa. No se esperaba un [i]tenemos que hablar.[/i] Quemaba por dentro como si su garganta fuese un volcán a punto de erupcionar. Casi juró que todo se le desenfocaba al volver a oír la voz de su novia. —Shinichi, yo… —Empezó la mujer, tocándole las manos con un apretón bastante fuerte. Su mirada era clara, directa. Tenía claro lo que iba a decir antes de decirlo. —Es que, tengo muchísimas preguntas desde que hemos hablado, pero la principal es: ¿estás bien? Shinichi Kudo, el gran detective de secundaria más conocido de todo Japón, se quedó sin habla. No entendía la pregunta. —¿Eh? —Shinichi, vienes y me dices que desde ese día que desapareciste, has estado investigando a una organización peligrosa. Que te han drogado y que has tenido que fingir que estabas muerto y crearte una segunda identidad. Que has colaborado con el FBI, Seguridad Pública… Que has visto a gente morir por ello y has sentido que era tu responsabilidad. Sé que has tenido que mentir para protegerme, entiendo que quieras protegerme. Pero Shinichi: ¿Quién te proteje a ti? ¿Es que acaso tú no sufres? ¿Es que no puedes dejar que te cuiden? Ran no podía parar de hablar. Había vivido con muchas incógnitas silenciosas en su corazón, pero ahora que había empezado a obtener respuestas, quería más. Y su incontinencia a la hora de llorar no tenía relació con la rabia o la tristeza. Era la impotencia de no ser lo suficientemente fuerte para Shinichi como para acompañarle en los peligros a los que él corre una y otra vez. Se las limpiaba intentando recuperarse antes de continuar con su propio interrogatorio. —¿Es que no crees que yo pueda protegerte a ti también, Shinichi? Yo también quiero hacerlo, ¿sabes? Quiero que me des la oportunidad de estar contigo, no importa cuál sea el peligro. Si tú te arriesgas, Shinichi… Yo quiero arriesgarme contigo. Shinichi sintió que un peso muy grande que tenía sobre los hombros se aligeraba escuchando cada palabra que salía por esos hermosos labios. No había entendido lo equivocado que estaba. Apartarla de todo, asumir cosas, tomar decisiones que la implicaban a ella sin poder consultarlas, mentir. ¿Había sido eso necesario? O al final, ¿solo estaba siendo cobarde por miedo a su reacción? ¿miedo a perderla? Había tenido miedo de perderla. Todavía recordaba todos sus terrores nocturnos. La de veces que se despertaba cada noche de un sobresalto, viéndola secuestrada, muerta, casándose con otro hombre, separándose por culpa del cruel veneno que era el Apotoxin 4869. El mismo miedo que surgía al ver sus lágrimas y sentir que no podía hacer nada por ella, nada más que dejarla ir porque solo era capaz de hacerla sufrir. Y también recordó qué era lo que siempre le impulsaba a seguir adelante. Era la mujer de la que se enamoró, la esperanza de reencontrarse con ella y poder contarle todo. La esperanza de estar juntos y llevar a cabo lo que siempre se había imaginado. Sus sueños no eran nada irracionales: solo quería a aquella mujer a su lado y seguir existiendo y orbitando a su alrededor. Se acercó y la abrazó de nuevo por la cintura, porque no podía más. Si había estado tenso, ya no existía nada rígido en su cuerpo. Tenía a su mayor pilar justo delante suya, y esta vez poseía su verdadera identidad. Ni siquiera era el Shinichi Kud? que tanto se había esforzado por crear. No. Era su Shinichi Kudo. El Shinichi Kudo de Ran. Olió su pelo desde arriba y cerró los ojos con satisfacción, permitiéndose acercarla todavía más a él. Acercó sus labios a su frente y la besó con ternura, sus ojos aún tratando de no soltar las lágrimas que amenazaban con salir. No pudo evitar que se le escapase una. Pero no era tristeza. Era felicidad. Todo había sido un horrible sueño y ahora había despertado. Había terminado la pesadilla. Estaba de vuelta en el paraíso, lo equivalente a respirar su dióxido de carbono. Ran se separó un poco al notar la pequeña gota que había resbalado sobre ella. Le tocó la mejilla a su novio, sin limpiarla. Solo estaba acariciando el lugar donde él se había abierto a ser vulnerable por primera vez. Atesoraría aquel momento como si fuese su posesión más preciada. También se dejó llevar cuando él le subió la barbilla, cerrando los ojos. Sabía que quería besarla, pero ella quería hacerlo todavía más, y fue la que rompió la poca separación que tenían sus bocas. Se besaron como si fueran la única persona en el resto del planeta Tierra, o tal vez de la Vía Láctea entera. No fue rápido ni corto, fue un beso progresivo que empezó tierno y terminó siendo hambriento. Ninguno de los dos tenía experiencia, pero ninguno de los dos se separaría solo por notar que había algún fallo de tiempos, ritmo o posición. Si uno salía mal, el siguiente sería mejor. Pero no podían desaprovechar aquella oportunidad, así que hasta que a ambos les faltó el aliento, cerraron sus ojos y se dejaron llevar. Shinichi tenía su frente encima de Ran antes de decidirse por mirar su cara, y lo que vio fue una imagen que le congeló el latir errático de su corazón. Tenía las mejillas muy rojas y cuando abrió sus largas pestañas poco a poco, en la mirada detectó algo que nunca había visto. Parecía un destello especial, y eso, acompañado en cómo ella le tenía agarrado del cuello de la camiseta y como sus labios estaban un poco hinchados y rojizos, hizo que Shinichi tuviese más ganas de continuar. E iban a hacerlo, hasta que unos flashes les cegaron desde lejos, devolviéndoles a la realidad. Ran se mordió el labio con molestia, y él no tardó en mirar el origen del repentino parpadeo de luces. No podía creer que los hubiesen seguido todo este tiempo. Que hubiesen comprado entradas solo para vigilarles, y que hubiesen estado esperando el momento adecuado para sacar un titular de lujo para la prensa amarillista. Los enamorados, aún con sus pupilas dilatadas, no necesitaron muchas palabras, y en un acuerdo tácito salieron corriendo de la mano, con el claro objetivo de escapar de más fotografías tomadas sin consentimiento. Muchas de las personas escondidas salieron a la luz. Cámaras, micrófonos, y una dedicación un tanto exacerbada por la sensación que había causado el regreso del famoso Shinichi Kudo, a quien muchos ya daban por muerto. Normalmente, este se habría parado a hablar con ellos y saciar su hambre con la atención mediática de alguna manera, al igual que llevarse un poco de satisfactorio crédito. Pero ahora estaba junto a Ran, en medio de un encuentro amoroso e íntimo, y no podía permitir que el camino a casa fuese huyendo. A pesar de estar harto de esconderse una y otra vez, necesitaba perderles por la tranquilidad de ambos. Mientras corría, los ojos de ella se fijaron en sus manos entrelazadas. No estaba pensando mucho, solo se dejaba guiar plenamente por aquel hombre en el que tanto confiaba. La sonrisa de su cara se plasmó de oreja a oreja. Correr juntos era una manera de mitigar todo lo que ella había sentido después de haberle visto irse solo la última vez. Podría acostumbrarse a mantenerse así, a ver su pelo en movimiento mientras el suyo propio chocaba contra su espalda, a empezar a sudar pero no soltarse, a llevar el mismo compás frenético que la adrenalina causaba. Cuando se había ido a dormir la noche anterior a casa de Sonoko, enfadada por sentirse engañada múltiples veces, se había quedado mirando al techo pensando en qué debería hacer. Pero por muy molesta que estuviese, no podía cambiar lo que ya había pasado. Shinichi tomó la decisión de no contar con ella para protegerla. Pero ella se sentía más fuerte que nunca. Más capaz que nunca de formar parte de su vida, si él se lo permitía. Solo tenía que dejar claro sus puntos, explicárselos y que pueda actuar al respecto. Habría tiempo de hablar sobre todo lo que significó Conan Edogawa para ella. Confiaba en él. Siempre demostraba todo con acciones muchísimo más que con palabras, y había aprendido a contar con su presencia para algunos riesgos a pesar de soler preferir apartarla de cualquier peligro, así que esperaba que de ahora en adelante reconsiderase su propio valor como persona que puede ayudarle. No entrenaba todos los días solo para ser la doncella a la que siempre había que salvar. Vivir con él como un niño la llevó a vivir muchísimas experiencias, y algunas todavía le provocaban sentimientos contradictorios, como la forma en la que se abrió con el niño, de manera física y psicológica. Su vergüenza respecto a ello sería palpable y estaba segura de que aún quedaban muchas conversaciones pendientes, pero ya no podía pensar en nada más que disfrutarle, amar y ser amada por partes iguales. Las luces de la Agencia de Detectives Mouri aún estaban encendidas cuando llegaron caminando tras perder a los paparazzis, lo que significaba que era muy propable que el fumador empedernido les esperase arriba con muchas preguntas. Ran paró a Shinichi cuando lo vio dispuesto a subir y dar explicaciones por haberla traído pasadas las doce de la noche, aunque no verbalizó ni sus dudas ni sus intenciones de despedirse. El chico se había parado ante el agarre de su chaqueta, y había bajado hasta el mismo escalón que ella, acercándose, apoyándose en la pared de detrás con uno de sus brazos, mientras que el otro la tomó de la barbilla para darle otro cálido beso, que duró unos 15 maravillosos segundos. Ya no importaba que los dos enrojeciesen con esa despedida. —Descansa, Ran. Si consigues convencer a tu madre, podríamos cenar con tu familia la semana que viene. Les contaré todos y vernos será más agradable para todos. —Explicó, para que no le tomase por sorpresa al llegar arriba y conversar con su padre. La chica solo asintió, dando un abrazo a su novio antes de subir arriba con una sonrisa de oreja a oreja, dispuesta a discutir a viva voz con su padre para evitar cualquier regaño por su parte.