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Familia Mouri

Kasumy • 04/10/2026 • 1 capítulo
Detective Conan T ▶ En curso Slice of Life
18 visitas 0 me gusta 0 comentarios 1 cap. 2.008 palabras 10 min de lectura
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Sinopsis Cuando la suerte te abandona y las cosas no pueden ir peor, solo queda una cosa: reunirse en familia.

Kogoro desprecia la vida tanto o más como ella a él.
Ran, quien sonrie al nuevo día y celebra la salida del sol, solo recibe el abrazo del abandono y la oscuridad de la soledad.
Shinichi, que creía tener la vida resuelta y el control total de ella a sus 17 años, una noche su imprudencia lo lleva a perder todo y lo obliga a vivir en la sombras.

¿Y ahora qué queda?
Cap. 1

Capítulo 1: Kogoro

2.008 palabras

El humo del cigarrillo ingresa a sus pulmones más rápido de lo que piensa. Es por eso que decide retenerlo un momento. Medita, mientras tanto, en la voz de su hija regañándolo durante esa mañana antes de irse a la casa de los Susuki con el mocoso en mano.

¿Qué es lo que le había dicho?

Ah, sí. Lo recuerda. Que no hiciera un enchastre en toda la oficina otra vez. Las cenizas del cigarrillo encendido caen al tiempo en que él empieza a exhalar despacio. El humo invade de a poco su espacio, tapa su vista y se disipa. Su otra mano sostiene una lata de cerveza un poco más cara de lo que estaba acostumbrado a comprar. ¿Cuándo había cambiado tanto las cosas?

Un gesto de disgusto y reproche interno se forma en su boca cuando decide darle otro sorbo a su bebida. El sabor amargo le recuerda cuando meses atrás su escritorio se encontraba atiborrado de latas y en el suelo se hallaban dos o tres más. La oficina olía a humo desde temprano en el día hasta la madrugada del siguiente -en realidad, ya se había adherido a las paredes tanto o más que a sus pulmones-, pese a los constantes intentos de su hija por limpiar. De la iluminación ni hablar; el humo atajaba los rayos del sol y los volvía opacos, sucios, dando un aspecto lúgubre y desolador al lugar.

No quería que algo así se repitiera.

Pero ¿cómo había empezado?

Su nariz se frunce. Odia pensar y más aún tener que recordar, sabe que dentro sí hay muchas emociones esperando para salir y él quiere evadirlas. No quiere sentir, no quiere pensar, no quiere recordar. Desea huir, ser libre de las pesadas cadenas que arrastra de su pasado, y estar exento de cualquier problema. Quiere paz y en el fondo está cansado de la falsa calma que le brinda el alcohol, los excesos de la noche y el paquete de atados que carga siempre consigo. Se siente atrapado incluso de aquello que prometía ser un escape de sus problemas y que solo resultó ser peor de lo que intentaba evadir.

Los pasos embravecidos de su mujer por toda la casa resuenan con eco en su memoria cuando cierra los ojos. Todas las noches sueña con eso: con el día en que perdió su trabajo y a su familia. Las imagenes son tan nítidas que hay días en que no puede diferenciar cuánto tiempo ha pasado de eso. Trece años le saben a algo lejano y cada vez que piensa en ello trata durante unos segundos de contar otra vez, buscando estar equivocado. Pero no lo está. Y vuelve a darle otro sorbo a su cerveza que, aun en su amargor, sabe mejor que su frustrante situación.

Está llegando a ese punto donde, como cada día, quiere emborracharse y tirar todo por la borda. Así lo dictamina su interior. Pero no puede, no puede tomar el arma, apuntar su frente y jalar el gatillo. Aunque sabe dónde están las balas, el arma y su cabeza. Sabe cuánto le tomaría hacerlo y que el resto ya sería problema de otro, porque él ya estaría libre de problemas. Lo sabe, pero la voz de su hija emocionada al hablar de él lo enorgullece.

La mirada del mocoso, cómplice de algún que otro pensamiento y andanza, le hace desear querer quedarse un poco más -No lo admitiría jamás en voz alta, pero ese niño perspicaz lo entendía mejor que nadie-. Los saludos de la gente al reconocerlo por la calle, alabandolo sin ápice de burla, inflan su pecho y le hacen pensar "quizá, disfrutar un día más de esto, no estaría mal".

Aunque las heridas están ahí, abiertas y latentes, recordándole con cada segundo que él es solo un hombre miserable. Las voces de su pasado le reiteran que es en la oscuridad donde él debe estar, que ese es su lugar y no merece moverse de ahí. No tiene derecho, voz ni voto para desear algo distinto.

Por eso prefiere morir lentamente, pudriéndose en alcohol y cigarrillos. Un veneno al que cree volverse inmune y que, sin embargo, lo consume hasta quitarle la noción de si está vivo o no.

El golpe en la mesa selló la discusión. El rostro colorado de su mujer con los ojos acuosos se clavaron en él. Como si estuviera reprochandole con la mirada por haberla callado y quién sabe por cuántas cosas más. No volvió a intentar hacer que él acepte aunque sea un bocado de todo lo preparado. Aguardó en silencio con los puños apretando su falda y su mandíbula tensandose. Él se levantó de golpe, con la colera haciéndole arder el rostro y caminó con pasos fuertes hasta el baño.

Y cerró la puerta siendo consciente, por primera vez, del desgarrador llanto de su hija en la sala contigua. Escuchó, aún pegado a la puerta, el sollozo corto y adolorido de su mujer. Su lamento estaba cargado de rabia y pesar.

Se frotó el rostro y golpeó la pared intentando quitarse la frustración de encima. Respira hondo y agitado, pronto concluye que bañarse le hará bien o terminará por destrozar todo lo que está con él ese momento.

El siguiente trago a su cerveza lo devuelve a la realidad. Empieza a murmurar cosas sin sentido, súplicas mezcladas en llanto hacia su mujer, la familia que perdió y un sinfín de perdones para intentar recuperar algo que jamás volverá. Llora sabiéndose estúpido. Llora de impotencia deseoso de regresar en el tiempo y darle una maldita probada a lo que sea que Eri haya cocinado esa vez si eso era lo necesario para evitar todo ese descenlace. Se siente patético.

Pero sabe que es imposible. Sabe que cuando tuvo la oportunidad de enmendar su error terminó por firmar su sentencia en la relación. De este modo, Ran se vio privada de crecer con su madre, que no tardó en partir hacia Estados Unidos, y él se halló obligado a salir adelante con una niña pequeña a su cargo.

¡Hip!

Ah, el maldito hipo. Aparecía tras una buena ronda de tragos y llanto. Le fastidiaba un montón, pero había aprendido que era un buen indicador para detenerse y respirar.

Se yergue en la silla dispuesto a inhalar ondo, sin embargo no tarda en apoyar la espalda en el respaldar completamente entregado al cansancio.

¡Hip!

Deja sobre el cenicero el cigarrillo a medio terminar. La cabeza le pesa. El cuerpo le pesa. Se tambalea.

«Qué hombre tan patético.»

«Es inútil. Cada vez que trabaja con nosotros tardamos más en cerrar el caso ¡Siempre se equivoca con el culpable!»

«Solo es cuestión de tiempo para que su hija lo abandone como hizo su esposa.»

La colera lo invade.

Es la voz en el televisor lo que lo distrae. Su humor mejora de pronto y no le es necesario levantar la vista para saber quién está hablando. Cuando solo se oyen los instrumentos él da suaves golpeteos al suelo tratando de seguir el ritmo.

Y?ko canta y él tararea a destiempo.

Se rie. Qué buen espectáculo aquel. Cuán agradable le resultaban las canciones de aquella joven. Si tan solo la vida fuera como una canción de Y?ko...

¿Se había equivocado al criar a su hija?

Ran se perdía entre suspiros y ensoñaciones por un mocoso adolescente que la había abandonado de golpe. Igual que Eri a él. Y él lloraba por Eri.

Y, sin dudas, Ran llora por Kudo Shinichi.

Verla sufrir lo mismo pisoteaba aun más su resquebrajado corazón e inyectaba un profundo odio en sus venas.

[b]«Qué hombre tan patético.

Abandonado y desahuciado, lleva a su hija a padecer el mismo camino.» [/b]

Gruñe hastiado. Por eso no le gusta pensar, por eso bebe.

El reflejo del televisor en el suelo lo distrae. El piso está limpio, más allá de las cenizas que había tirado sin querer. Observa ahora a su entorno.

El piso limpio, latas de cerveza más caras, dos o tres aún guardadas en la heladera, medias sin agujeros ni remiendos en el dedo gordo, un buen paquete de cigarros en su bolsillo y otro en la cajonera de su escritorio. Las latas se acumulaban casi prolijamente sobre la mesa y no en una montaña como acostumbraba desde hacía años. En una esquina de las paredes se hallan dos baldes de pintura porque Ran había decido a que, como fuera, pintaría las paredes para quitar ese maldito color amarillo que les había proporcionado el humo. Y, por último, su calendario tenía marcado con un circulo cada uno de los viajes que realizarían próximamente.

¿Desde cuándo podían darse tales lujos?

Sonríe. Desde que mágicamente él había desarrollado algún trastorno de personalidad que lo convertía en «Kogoro el duemiente», un genio capaz de resolver hasta el caso más complicado que se presentara ante sus ojos, pero con un pequeño defecto, al despertar olvida todo por completo.

Y Kogoro el durmiente había llegado en el momento más bajo de su vida, luego de meses sin trabajo, viviendo de su sueldo como policía retirado, una hija que alimentar y un niño colado.

Su alter ego y ese niño algo tenían que ver. Estaba seguro. De existir Dios podría decir que el cielo le había enviado al niño con la peor suerte en el mundo -un atrae cadáveres- para despertar en él lo necesario para que apareciera Kogoro el durmiente.

Sí, ese niño era su fortuna.

Y su hija su fortaleza.

Debía seguir en el trabajo por ella.

La puerta se abre. Los pasos se mezclan con la animada charla que llevan dos jovenes antes de mirarlo y que la mayor pronuncie:

Ríe y la chica suspira derrotada mientras deja un par de bolsas en la mesa.

Kogoro se levanta entusiasmado y cuando Conan regresa de lavarse las manos dan inicio a la comida. Ambos jóvenes le hablan a viva voz sobre su día y le cuentan, entre tanto y tanto, que algún fan le manda saludos, que Sonoko no se queda atrás con sus deducciones, y que el departamento de policías ha preguntado por él al verlos solos.

Ran sonríe.

Conan mueve sus manitos relatando los hechos.

La voz de Y?ko acompaña desde el fondo.

Y él... él no puede ser más feliz que ahora por lo afortunado que es.

Donde hubo odio, hoy hay risas.

Donde la tristeza reinaba, hoy las sonrisas gobiernan.

Donde el silencio aturdia, hoy las charlas le hacen cosquillas en el oído.

Y donde antes había una silla con un hombre pudriéndose en ella, hoy solo un vacío porque ese hombre está sentado en la mesa junto a las personas que lo aman.

Donde supo haber una mesa desolada, hoy hay tres personas compartiendo un buen banquete.

La alegría que envuelve el ambiente en la agencia y da calor en la casa le hace pensar que va por buenos pasos, que su vida aún tiene tiempo de mejorar. Es por eso que se promete ser un poco mejor que ayer cada día. Solo un poco, con eso basta.

Aún tiene tiempo de mejorar.

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