La luz tenue. La música alta. El olor a cerveza desparramada. Parejas aquí, grupos allá, todos juntos y revueltos adornando la estancia. Y, al fondo, una melena. Una melena perfectamente cuidada, marrón chocolate, acompañada de un rostro familiar. Akai Shuichi tuvo que frotarse los ojos varias veces porque no daba crédito a la persona que ahora clavaba su mirada en la propia.
Apresurado, se incorporó torpemente del taburete en el que había pasado parte de la noche, casi tirándolo al suelo del impulso con el que se abalanzó hacia el gentío. Con miedo a pestañear por si aquella figura desaparecía, apartó bruscamente a todo aquel que se interpusiese en su travesía hacia aquellos ojos azules con los que tanto había soñado. Y, al llegar a su destino, fue recibido por un cálido abrazo, uno que clamó durante unos instantes todos aquellos pensamientos dañinos que le habían acompañado desde el momento en el que la perdió.
“¿Akemi?”
Alcanzó a decir el pelinegro con voz titubeante, sin poder (o más bien querer) separarse aún del abrazo, porque era lo único que hacía aquel encuentro creíble y genuino, y además lo que impedía que ella pudiese marcharse de nuevo sin despedirse.
“Hola de nuevo, Dai”
Aquel nombre despertó de golpe una pequeña punzada en el corazón de Akai, que se vio obligado a separarse del abrazo pero no del cuerpo ajeno, manteniéndose aferrado por los brazos, con pánico de soltar su agarre. Acababa de recuperarla, un detalle tan nimio como su nombre podía esperar, o esa fue a la conclusión a la que él llegó luego de meditarlo varios segundos.
Un beso, dos, tres. Ya no había espacio para la vergüenza entre ellos. Sus manos serpentearon por el cuerpo de Akemi hasta llegar a sus mejillas, acariciándolas gentilmente mientras sus besos chocaban contra la risa ajena, tan contagiosa que ambos acabaron compartiendo una carcajada, acompañada por ansiosas lágrimas queriendo escapar de la cárcel que suponían los ojos del pelinegro. Por último, otro beso. Uno diferente, mucho más hambriento, que forzó a Akai a ladear la cabeza para facilitarlo, uno en el que sus lenguas chocaron y se entrelazaron en un vals al ritmo de la música de fondo. Al separarse, un mordisco suave en el labio inferior ajeno que cortó el hilo de saliva que aún los mantenía unidos.
Incrédulo, pero ahora mucho más calmado, Akai paseó los dedos por toda la superficie de la mujer que había amado, que había perdido, y que ahora volvía a tener frente a sus ojos. Comprobó sus hombros, sus brazos, sus caderas, sus mejillas e incluso su cuello, cerciorándose a través del tacto de que todo era real, y no una jugarreta fruto de los cuatro vasos de bourbon que llevaba encima. Sin más pruebas que su propio veredicto, concluyó que era ella, en carne y hueso.
“¿Cómo es posible que estés aquí? Vi tu cuerpo, no respondía, me aseguré de ello. Te llamé repetidas veces, y tú no...”
“¿Por qué te empeñas en darle una explicación, Dai? Estoy aquí, ¿no? Eso es todo lo que tiene que preocuparte ahora mismo”
“Tienes razón”
Ignorando concienzudamente la vaga respuesta recibida, entrelazó los dedos con los de Akemi y la invitó a salir de aquel lugar en su compañía, no sin antes fijarse en las miradas que había atraído su arranque de ira, que habían pasado de expresiones confusas a cuchicheos y vistazos lastimeros.
En su paseo nocturno sin destino fijo, fueron a parar por accidente al parque en el que todo ocurrió. Aquel en el que Akemi se abrió en canal con la persona a la que amaba pese a ser consciente de su papel como objeto de usar y tirar, y donde Akai fue forzado a admitir su papel como perpetrador de aquella manipulación, con el resultado de haber mezclado sus sentimientos con aquella importante misión. Ocupando juntos uno de los bancos que decoraban el lugar, Akai abrazó con ambas manos una de las ajenas, la que había mantenido cogida durante todo el trayecto. Vulnerable ante la atenta mirada de Akemi, Akai sintió que debía decir algo, y qué mejor momento para aclarar las cosas que ahora, en completa soledad, solo alumbrados por la brillante luna llena.
“No era mi intención acabar aquí, pero así son las cosas. Esto me da una segunda oportunidad de abrirme a ti, esta vez sin mentiras, sin medias tintas, sin justificaciones o rodeos. Quiero pedirte perdón. Primero, perdón por todo lo que te hice pasar, por las consecuencias de mi egoísmo, por haberte usado para mis propios fines, y por haberte abandonado cuando más lo necesitabas. Y segundo, perdón por amarte. Porque eso llevó a que otra persona jugase contigo hasta llevarte a la mu...”
Por un momento, la imagen de Akemi frente a él se desvaneció ante el recuerdo de su cadáver postrado en la cámara forense destinada a las autopsias. Un pinchazo en la sien inhabilitó al pelinegro de poder seguir hablando, ahogándole de nuevo en esos recuerdos tan dañinos que le habían guiado hasta la autolesión en múltiples ocasiones. Se deshizo de su melena, ahogó las penas en alcohol y tabaco, se apartó de sus seres queridos, e incluso se llegó a plantear acompañarla en los momentos más oscuros de su memoria. Fue un golpe propio en la sien lo que le devolvió el tacto de su amada, a la que volvió a buscar con los labios, completamente acobardado. El arrepentimiento consumía cada fibra de su ser, le perseguía durante el día y se personaba cada noche en forma de sombrías pesadillas en las que él era protagonista, y muchas veces cuando la perspectiva se separaba del cadáver frío y sin vida de Akemi ahí estaba él, sosteniendo la pistola.
“Lo siento”
Cuando volvió a abrir los ojos, todo estaba oscuro. Tardó unos segundos en volver a ver con claridad, y con el efecto del bourbon ahora en el pasado, quedó claro que las segundas oportunidades no existen. Entendió al instante las miradas recibidas en el bar, las respuestas simples y breves de “Akemi”, y el constante mareo con el que llevaba cargando un buen rato.
Cansado, se dejó caer en el banco hasta acabar tumbado sobre éste, sin poder controlar las lágrimas que empezaban a empapar su rostro sin barrotes ni carcelero. Una vez más, la culpa había visitado su vida, y esta vez de la más cruel de las formas. Había hecho las paces con el castigo autoimpuesto que era vivir con ella, convivir incluso, pero de vez en cuando ella se saltaba las normas y torturaba su consciencia para que jamás olvidase el error más garrafal que había cometido en su corta vida.
Devastado e incapaz de articular palabra o mover cualquier músculo del cuerpo, decidió hacer noche en aquel banco, viendo las horas pasar. La peor parte era que el día amanecía, la vida seguía, y nada ni nadie podía cambiar eso. Así que cuando los rayos del sol hicieron imposible seguir allí tumbado, Akai se levantó, se arregló la chaqueta e inició la vuelta a casa, ahora totalmente sobrio y siendo más capaz de ignorar los demonios que pululaban incesantes por sus recuerdos.
FIN
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