Las calles de Shibuya estaban abarrotadas ese domingo por la mañana. En su día libre, Furuya Rei escogió salir a dar un paseo a solas por ellas en busca de un nuevo traje que poder usar para el trabajo, ya que el anterior había sido destruido en una de sus recientes misiones como agente de la policía secreta japonesa.
Con la tranquilidad y la falsa amabilidad que le caracterizaban, entraba en tienda tras tienda tras tienda preguntando por algo parecido a lo que había vestido en el pasado, sin tener éxito en ninguno de los establecimientos. Esos fracasos empezaron a resultarle sospechosos, pues solamente buscaba un traje de cuerpo entero gris que pudiese valerle, pero el pensamiento de que algo raro pasaba fue descartado inmediatamente por su cabeza al escuchar, con una voz que él conocía a la perfección, la siguiente palabra.
“Furuya-chan”
Tras escuchar ese murmullo, el rubio ignoró por completo la parálisis en la que su cuerpo le quiso inducir y se giró para mirar ansiosamente a su alrededor, en busca de los labios que habían podido susurrarla. Miles de personas le rodeaban en el famoso cruce de Shibuya, con el semáforo en verde indicando la posibilidad de que los viandantes cruzasen la inmensa calle.
Sin embargo, entre todas esas personas, Rei no pudo encontrar a una sola que coincidiese con la descripción que él tan desesperadamente buscaba.
Con el corazón a mil y un pequeño eco de esperanza susurrándole a su corazón, Rei caminó hacia el lugar donde le había parecido oír esa suave y familiar voz. Las caras de aquellos que le rodeaban, hasta ahora borrosas, empezaron a tomar formas concretas, pero no satisfactorias.
Rubios, pelirrojas, morenas y pelinegros pasaban por su lado sin descanso, manteniendo conversaciones inteligibles que tampoco se paró a analizar, con un solo objetivo en mente. Con un dolor agudo en el pecho que ahora trepaba por su garganta, Rei volvió a escuchar su nombre en boca de una voz familiar, pero distinta a la anterior.
“¡Me las pagarás, Furuya!”
Al borde de la locura, Rei volvió a girar la cabeza. De su boca, casi que desesperadamente, salieron los nombres de los que anteriormente habían dicho el suyo. “Hagiwara Kenji”, “Jinpei Matsuda”, nombres que aún retumbaban en su cabeza casi que a diario y mantenían presa su felicidad al usar las garras de la muerte para mantenerla cautiva. Y como si de una broma del destino se tratase, una tercera voz se alzó, fuerte y indudablemente más grave que las demás.
“Buen trabajo, Furuya”
Un tercer fantasma persiguió con su voz al rubio, obligándole a subir las manos al cuello, sintiendo que se ahogaba ya que la ansiedad tenía preso su pecho, garganta y mente, hasta el punto de hacer que cada paso fuese difícil de dar sin tropezar y caer al suelo en mitad de toda aquella multitud.
Con la visión completamente borrosa y murmurando incansablemente la voz de aquellos que habían sido sus compañeros hacía no tanto, Furuya Rei se dejó caer en uno de los bancos que logró alcanzar a ciegas con la ayuda de sus manos. Temblando y sin esperanzas de mejorar en un corto espacio de tiempo, retiró la mano que cubría su rostro y observó a su alrededor.
Ni rastro de Shibuya.
Lo que ahora rodeaba al derrotado y cansado hombre eran multitud de cerezos en flor, de cuyas ramas caían las sakuras debido al fuerte viento, ondeando desafiantes frente a su atenta y desconcertada mirada.
“Zero”
Siendo eso la gota que colmó el vaso, Rei se incorporó de golpe de aquel banco, buscando incansablemente a la persona de la que provenía esa voz. Lo que al principio era paso rápido, se acabó convirtiendo en prácticamente una carrera sin meta clara, donde el rubio no dejaba de repetir el nombre de aquel que una vez había amado. Las lágrimas, tan incansables como abundantes, recorrían sus mejillas, ansiosas por alcanzar el suelo que sus pies ahora recorrían.
“Hiro”
Fue la última vez que él pudo decir su nombre antes de derrumbarse clavando las rodillas en el frío suelo, con la respiración completamente agitada y sin síntomas de mejora. Al alzar la vista, encontró sus manos empapadas de sangre, una sangre cuyo olor y color ya conocía. “Hiro”, volvió a murmurar, gateando hacia la repetición de una escena que tenía grabada a fuego en su memoria, una que reproducía a la perfección el último suspiro de la única persona que jamás había amado.
Cansado y con el eco de esperanza completamente desvanecido para entonces, Rei estiró la mano una vez más para intentar tocar a Hiro aunque fuese por un segundo. Pero, lo que tocó en su lugar, fue la tela de unos pantalones de traje perfectamente planchados, sensación que le hizo levantar la cabeza una última vez, no sin el miedo de que fuese de nuevo una mala jugada de su cabeza.
Pero esta vez fue diferente, pues una gentil mano estaba extendida para que él la cogiese, y se ayudase entonces de ella para poder ponerse de pie de nuevo. Tratando de limpiarse el polvo que probablemente había ensuciado su ropa, y usando la otra mano para deshacerse de las lágrimas que aún adornasen su rostro, se dispuso a dar las gracias cuando esa misma voz susurró, a escasos centímetros de él.
“¿Todo bien, Furuya-san?”
Cuando se quiso dar cuenta, su subordinado estaba ahí parado frente a él, ambos en lo que parecía ser una azotea, tan alta que no podía distinguir el resto de edificios que los rodeaban. Tomándose su tiempo para responder, Rei se aclaró la voz, y cuando al fin estaba listo para calmar al hombre que ahora ocupaba parte de su vida, éste se desplomó ante él al recibir un disparo directo en la frente.
Sin tiempo para responder ni física ni mentalmente a lo recientemente sucedido, el cuerpo de Rei entró al fin en una parálisis imperturbable que le tuvo sosteniendo el cadáver de Kazami Yuuya, inerte y sin vida, largos instantes antes de darse cuenta de que él también le había dejado atrás en contra de su voluntad.
[…]
Por suerte o por desgracia, la oscuridad siguió a aquella escena, y un agitado Rei se incorporó de golpe en la cama de su habitación, con la tenue luz de la pantalla del ordenador siendo lo único que la iluminaba. Desesperado, el rubio paseó las manos por su desnudo torso, tratando de descifrar si esto era real o solamente otro de los juegos de su cabeza para hacerle pensar en aquellos que ya no estaban.
Como si no pasase el suficiente tiempo ya pensando en ellos sin ayuda externa.
Una vez comprobó que esto era, sin duda, la vida real, encendió la pantalla del despertador para descifrar la hora. Una vez descubrió que apenas quedaban diez minutos para que la alarma sonase, paseó el brazo por su cuello para deshacerse del sudor que la pesadilla había provocado, incorporándose para cerrar la pantalla del ordenador, pero sin poder hacerlo al ver en ella la foto de su graduación junto con sus seres queridos.
El labio le tembló al ver tan nítidamente la figura de Hiro, Kenji, Matsuda y Date, que solo sonreían, ajenos a lo que estaba por venir. Impidiendo que aquel recuerdo le persiguiese más, al menos por el resto del día, apagó finalmente el dispositivo y acarició cuidadosamente las cuerdas de su guitarra antes de meterse a la ducha.
“Buenos días, Hiro… te echo de menos”
Esas fueron las primeras palabras que escaparon de sus labios esa tormentosa mañana, seguidas de un absoluto silencio perturbado por el sonido de la comida de Haro rodando en el interior del cuenco destinado solo para él, y del agua de la ducha cayendo.
Por último, solo el cierre de la puerta principal interrumpió el eterno silencio.
[…]
Rei llegó esa mañana a su oficina con un traje gris impoluto, ya que había tenido la suerte de encontrar un repuesto para el anterior en una conocida tienda en Shibuya hacía unos días. Sin prestar mucha atención a sus alrededores, caminó a través de las mesas hasta irrumpir en el despacho de su subordinado, no sin antes avisar de su llegada al llamar.
Sin inconveniente alguno, Rei recibió una respuesta afirmativa desde dentro, y se aseguró de cerrar la puerta y bajar la persiana una vez estuvo dentro. Kazami, tan sorprendido como asustado por si había hecho algo mal, se incorporó y se apresuró a acercarse al cuerpo ajeno, recibiendo a cambió un abrazo sin contexto alguno que le pilló completamente desprevenido.
Cuando fue a denunciar aquel numerito en la oficina, fue cuando descubrió que las manos de Rei no paraban de temblar, y tuvo que sujetarle porque las piernas empezaron a actuar de igual o peor forma. Ahora preocupado, guió a aquel vulnerable hombre para que pudiese apoyarse en su mesa, y lo que recibió a cambio fue un desesperado beso en los labios que al principio no supo gestionar, pero luego continuó sin miedo.
“Señor, pensé que mantendríamos un perfil bajo en la oficina…”
“Solo uno, Kazami. Por favor.”
El tono con el que Rei dijo eso dejó a Kazami desconcertado, pero por supuesto sin quejas. Acompañó al anterior beso de otro, y otro más, tratando de resultar reconfortante para su reciente amante. Sin querer entrometerse demasiado en la razón tras esta violación de su trato, pero tampoco ignorando por completo que le pasaba algo serio, simplemente murmuró.
“¿Todo bien, Furuya-san?”
“No te preocupes en exceso, Kazami. Lo de siempre”
“Entiendo. Ya sabe que me tiene aquí si necesita lo que sea”
“Lo sé, gracias por siempre estar ahí cuando lo necesito”
“Sin excepciones”
El cálido y sincero abrazo de una persona que no cuestionaba su dolor, y que estaba a su lado pese a todo lo que tenía a sus espaldas, fue lo que hizo que Furuya Rei saliese de allí con las pilas de nuevo cargadas, listo para afrontar una nueva semana, un nuevo mes, un nuevo año, y una nueva vida al lado de un alma tan gentil como la de Kazami Yuuya, que no solo no le forzaba a olvidar, sino que cada día estaba a su lado para que sanase en el tiempo que necesitase las heridas de su pasado.
FIN
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