Una noche más, una noche menos. El pasillo del hotel donde los miembros del Bureau se hospedaban, parecía esta noche eterno. Las piernas de la persona que ahora lo recorría, ligeras a simple vista, se sentían tan pesadas como los cadáveres de las personas que hoy habían muerto a sus manos y la de sus compañeros. Un ligero suspiro cayó de sus labios al traspasar la puerta con su nombre; “Jodie Starling”. ¿El primer paso? Buscar dónde se situaba el baño de aquella cueva para poder tratar de desprenderse de la sangre que aún cubría sus delicadas manos.
¿No se suponía que esto no debía pasar? Que mientras él estuviese en el mundo, ella no tendría que…
Pero ese era el problema, que la persona que hizo esa promesa, ya no estaba.
La muerte era esa que perseguía a personas como ella a diario. Bien por su trabajo, bien por su seguridad, o bien por la de otros, ella siempre estaba presente, nunca ausente. Hoy se había personado frente a ella en forma de dos secuestradores que se habían dado a la fuga con un par de rehenes menores, rehenes que estaba dispuesta a sacar del apuro ilesos y sanos. “Apunta a la punta de la nariz”, fueron las palabras que fugazmente cruzaron su mente cuando tuvo a aquellos dos individuos de frente. Una vida por otra, tenía que jugar a ser Dios en esta ocasión.
La distancia era corta, y el disparo fue preciso. Por suerte para ella, también lo fue el de su compañero y jefe, y con aquel trabajo en equipo, la misión se daba por cumplida. “Si Akai-san estuviese con nosotros, esto podría haber tenido otro resultado…” fue el comentario que tuvo que escuchar por parte de su otro compañero justo después de abatir a aquella persona con sus propias manos. El humo de la pólvora aún saliendo de la boca de su pistola, y todo en lo que ella podía pensar ahora, era en él. Su compañero se apresuró a disculparse, pues había verbalizado lo que por su cabeza retumbaba, sin tener en cuenta los sentimientos de ella. Pero el daño ya estaba hecho. “No hay problema, yo estaba pensando lo mismo”, fue la falsa respuesta que se le ocurrió. La misma respuesta que daba siempre.
Flashbacks del atardecer en el que esa promesa fue hecha, fueron lo siguiente que inundó sus recuerdos. “Entre un francotirador de la policía y uno militar, ¿quién tiene ventaja en cuanto a habilidad de tiro?” fue la pregunta que lo inició todo. Aquella pregunta acabaría con una promesa, ahora rota y desperdigada por los recovecos de su memoria.
El atardecer de esa reminiscencia le llevó a otro mucho más triste, probablemente el peor de todos los que había vivido, pero este con una promesa que sí se cumplió. “No puedo amar a dos mujeres a la vez”, fue lo que aquella persona prometió y juró ejecutar. Y vaya si lo hizo. Los meses pasaban, y todos los recuerdos compartidos con el hombre que una vez fue su vida, marcaban un homenaje diario que la torturaba cada minuto de su ser en el que estaba consciente.
Lo que la sacó de su penitencia, fue el picor que ahora cubría sus manos, pues las llevaba frotando un buen rato, tratando de sacar gotas de sangre que, realmente, nunca estuvieron ahí. ¿Sería esto lo que sentía él al terminar con la vida de todas aquellas personas? Porque si así era, sus palabras le parecían incluso más pesadas ahora. ¿De verdad estuvo él dispuesto a pasar por este castigo para evitar su sufrimiento?
De camino a la cama, exhausta como nunca, tropezó con su maleta y cayó sobre las sábanas que adornaban el colchón. Rendida, se dio la vuelta para quedar boca arriba y alzó el brazo para taparse los ojos ante la luz que ahora se clavaba sobre su cuerpo. Luz que, de nuevo, le devolvía a aquel momento. La promesa, ahora más clara que nunca, resonaba en su cabeza con el mismo tono de voz tranquilizador y suave que él había usado al hacerla. En aquel momento le susurró un halago; las promesas incumplidas vinieron después. “No te preocupes. Mientras yo esté aquí, no voy a dejar que hagas tal cosa. Nunca.”
“¿Entonces por qué hoy tuve que hacerla, Shuu?” fue la respuesta que lanzó al aire. Ya eran más de tres meses los que llevaba sin él, y su corazón no había dejado de doler ni un solo segundo. No le necesitaba, pero le quería. Aprendió a ser una persona completa antes de él, así que al irse, no dejó vacíos, pero sí dolor. En pocas palabras, no era su vida, pero qué bien que la acompañaba.
Cansada del día que había pasado, y de que su cabeza no cesase en el intento de derrumbarla, cerró los ojos y dio por finalizada la jornada. Hoy no sabía de promesas rotas, ni de palabras olvidadas, solo sabía que extrañaba más que nunca la ternura de su mirada.
[…]
Olla en mano, un misterioso estudiante universitario de ingeniería cruzaba hoy el umbral de la casa de su vecino para volver a la propia, donde vivía bajo una especie de alquiler único e inigualable. “Shinichi Kudo”, eran las palabras talladas a la entrada de dicha mansión, aunque ese nombre distaba mucho de ser la verdadera identidad del que ahora la ocupaba. Alcanzando de su bolsillo las llaves de aquel lugar, y sosteniendo con solamente una mano la olla ya mencionada, las hizo girar en la cerradura para poder acceder al interior de la vivienda, dirigiéndose con cierto apuro hacia la cocina ya que notaba el metal resbalar por su cuerpo, buscando precipitarse al vacío.
Una vez aseguró el utensilio en el interior de la pila, para evitar dejar su limpieza para otro momento, encendió el agua y se dispuso a frotar el curry que en sus paredes se hallaba. Desde que había estrenado esta su nueva faceta, multitud eran las recetas que había podido aprender, junto con las que los niños de su vecino le forzaban a estudiar. Una vez terminó con aquello, su próxima meta fue volver a su despacho, el cual también usaba como habitación y sala de estudio.
El calor de la veraniega Beika le obligó a desabotonar el primer botón de su camisa, para luego dejar en el respaldo de su silla de escritorio el delantal que había usado hoy para hacer felices a esos niños. Solo después de correr las cortinas y obtener la intimidad de la que tanto disfrutaba, fue que llevó las manos a su cuello y desconectó el juguetito que más credibilidad le daba a su disfraz, colocándolo con cuidado sobre la mesa, al lado de una botella de Ginebra a medio terminar.
Lo siguiente fue dirigirse al baño para poder deshacerse al fin de su faceta más pintoresca, para descubrir bajo esa peluca rosa palo un vistoso y rizado pelo negro como el mismísimo carbón. Las gafas, ahora colocadas sobre una de las estanterías que adornaban la estancia, expusieron unas ojeras crónicas incrustadas bajo sus preciosos ojos verde aguacate. Una vez la transformación estuvo completada, el misterioso hombre salió del baño tras apagar la luz para dejarse caer en la silla del escritorio, vaciando el contenido de la botella de Ginebra en un vaso cubierto por unos hielos redondos que alcanzó a sacar de la nevera que tenía bajo la mesa.
Pero aquel líquido no era precisamente para decorar el vaso, sino para contentar sus ansias de un buen trago tras un día algo ajetreado.
Como todas las noches, solo la luz de su lámpara de mesa iluminó aquel cuarto, pero era más que suficiente para que él pudiese comprobar en su portátil qué había pasado hoy de interesante en las vidas de sus compañeros de trabajo. Como ex agente del FBI, conocía todos y cada uno de los trucos para poder acceder a la web privada del Bureau sin ser detectado o iniciar sesión en su cuenta de siempre, ya que eso dejaría un rastro imposible de borrar. Una rápida búsqueda le llevó a los acontecimientos de hoy, aunque nadie le preparó para lo que estaba a punto de ver.
“La agente Jodie Starling y su superior, James Black, abaten a dos secuestradores que habían cogido como rehenes a unos menores en situación de vulnerabilidad”. Aunque el título de la noticia ya era llamativo de por sí, no fue eso exactamente lo que le hizo aproximarse abruptamente al monitor. Fueron más bien las fotos de los maleantes, y más concretamente, la entrada por la que había penetrado una de las balas de los agentes. Tratando de luchar contra la parálisis de su propio cuerpo ante las imágenes, Subaru Okiya, aunque más bien Sh?ichi Akai, alzó la mano para acariciar la pantalla del ordenador sobre la zona de la nariz de aquel criminal.
“Mientras yo esté aquí, no voy a dejar que hagas tal cosa. Nunca”. O esa fue la promesa que le hizo a su compañera, mejor amiga, y expareja. A aquella caricia le acompañó un suspiro, tan pesado como el recuerdo de ese atardecer.
Aquel paseo en coche culminaba un duro día de trabajo. No era raro el día en el que el pelinegro se aseguraba de que la rubia llegase bien a casa al llevarla él mismo, y esa tarde no fue diferente. Con las manos firmemente puestas en el volante, él escuchó la pregunta que le fue hecha con atención, tratando de ofrecer la respuesta más correcta en base a sus conocimientos. Pero esa pregunta llevó a otra, ¿en qué lugar sería más adecuado disparar a alguien para que no ofreciese resistencia? Era una pregunta fácil para él.
Pero mientras la conversación se desarrollaba, Akai pudo notar la incomodidad mezclada con curiosidad en las palabras y expresiones de su compañera, a la que conocía mejor que a sí mismo. Como siempre había hecho, desde el mismísimo día uno de conocerla, juró protegerla de nuevo, de una manera distinta. Ella no tendría por qué pasar por la difícil tarea de jugar a ser Dios mientras él estuviese con vida. Hizo una promesa. Una que se sumó a las muchas que solo ellos compartían.
En ese punto de sus vidas, hacía ya mucho que el sentir romántico había muerto, al menos por su parte. Pero para Akai, Jodie duplicaba las alegrías y dividía las angustias por la mitad. Y eso era lo que él entendía por amor. La dulce y suave manera que ella tenía de pronunciar su nombre como ningún otro retumbaba ahora en su cabeza, dando tumbos de un lado para otro sin descanso.
“Shuu”
Y él acababa de fallar a la persona que lo daría absolutamente todo por él, al igual que ya le falló a otra alma dispuesta a ser sacrificada por la suya. Sus pensamientos volvieron a los incontables momentos que habían compartido, cada uno un testimonio del vínculo que habían forjado en el crisol de sus experiencias compartidas. Cada misión, cada encuentro cercano, había fortalecido su conexión, haciendo que las promesas entre ellos fueran aún más significativas.
Con ese runrún en la cabeza, y un cierto malestar en el corazón, fue que deslizó la mano de nuevo sobre el ordenador para bajar la tapa y finalmente cesar su actividad. Inconscientemente, dirigió la mano hacia la botella de ginebra, ahora vacía, y dejó escapar un gruñido. No podía arreglarlo todo con alcohol, pero sin duda a veces ayudaba. Aquel líquido tenía su manera de embotar los afilados bordes del arrepentimiento y la culpa, aunque solo fuera temporalmente.
El vibrar de su móvil fue el que le sacó del trance, y un mensaje pidiendo ayuda por parte de un pequeño detective, el que le sacó una sonrisa burlona. Leyó el mensaje con cuidado, notando la urgencia en sus palabras. Este joven detective, rebosante de potencial y para nada desilusionado por las duras realidades del mundo que compartían, le recordaba a sí mismo a esa edad. El pensamiento era tanto reconfortante como inquietante.
Él ahora necesitaba alejarse de todo lo relacionado con su anterior vida, no solo por su bien, sino también por el bien de aquellas personas a las que quería, incluyendo eso a Jodie, por supuesto. Muy a su pesar, entendía que no se puede empezar el siguiente capítulo de tu vida si sigues leyendo el anterior. Los recuerdos de su pasado se aferraban a él como sombras, susurrando lo que se había perdido y lo que nunca podría ser recuperado.
Podía resultar doloroso, pero ahora la seguridad de aquellos a los que amaba importaba más que una promesa que podía retomar en cualquier momento. Al contrario que hacía unos instantes, el disfraz que ahora mantenía volvió a él. Gafas en mano, transformador de voz asegurado en el cuello, y camisa abotonada hasta el mismísimo borde, Subaru Okiya se aproximó a su armario para sacar de él una funda negra que contenía su preciado rifle. Ese Accuracy international Arctic Warfare tenía una misión esa noche, y por supuesto, el objetivo era la punta de la nariz. Se tomó un momento para reflexionar sobre la precisión requerida para tal tarea. Cada componente de su rifle estaba meticulosamente cuidado, cada pieza siendo un símbolo de su dedicación a su oficio. Mientras ensamblaba el arma, consideraba la gravedad de su misión. Cada disparo que realizaba era un baile con el destino, un delicado equilibrio entre la vida y la muerte. Ya se ocuparía de las promesas rotas en otro momento.
En su línea de trabajo, los juramentos eran a menudo un lujo que no podía permitirse cumplir. El peso de sus responsabilidades lo aplastaba y, sin embargo, sabía que debía continuar. El mundo a su alrededor era una compleja red de alianzas y enemistades, cada hilo tirando de él en diferentes direcciones.
Al fin y al cabo, las promesas son meros susurros al viento, capaces de transformarse según el capricho del momento y la voluntad del corazón. Son tan fugaces como el viento mismo, cambiando de forma y figura mientras se desplazan por las corrientes del tiempo. Y al final, eran estos susurros a los que Akai se aferraba, encontrando consuelo en la naturaleza efímera de sus votos.
FIN
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