“Ni siquiera pude obtener su identidad… es como si hubiese matado a un fantasma”, fueron las palabras que habían escapado de sus labios al escuchar que alguien se acercaba al lugar donde Shuichi Akai, o más bien Rye, luchaba contra sí mismo para mantenerse en pie frente al cuerpo, ahora inerte, de uno de los amigos que había hecho durante su infiltración en una peligrosa banda criminal. Y como bien dicen, una tragedia precede a otra, por lo que ese alguien resultó ser su otro amigo y la persona que más cercana parecía al fallecido, Bourbon.
Mantener el tipo en aquella azotea le costó desvanecerse nada más fue capaz de cruzar la puerta de la habitación que tenía asignada a su nombre en clave. Las piernas dejaron de funcionarle, y las manos, inutilizadas por los constantes tembleques, no estaban ayudando en lo absoluto. Largos fueron los minutos que Rye pasó en el suelo de aquel cuarto oscuro y vacío, con apenas una cama y un escritorio decorado con diferentes tipos de alcohol y cajas de cigarrillos.
Lo dicho hacía unos instantes retumbaba en su cabeza como una radio antigua rayada, acompañando a esa trágica canción el rostro desfigurado y confuso de su rubio compañero. Ese recuerdo se mezclaba con los momentos previos al disparo, donde un alma joven e inocente le pedía ayuda con ojos suplicantes, mientras de sus labios salían otras opciones mucho más dañinas. ¿Cómo podía haber salido todo tan mal? Estaba a punto de salvarle. Una vida acababa de escapársele de las manos, de resbalarse por las cavidades de sus dedos sin que él pudiese hacer más que observar, hasta caer sin aliento al suelo y no volver a exhalar un suspiro jamás.
La habitación estaba oscura, ni un ápice de luz iluminaba la estancia, pero al bajar la mirada, él pudo vislumbrar a la perfección la sangre de aquel hombre serpenteando por sus manos sin descanso. Aquella falsa ilusión provocó en él un intenso dolor en el pecho que se desplazaba a su antojo hasta su garganta, ahogándole mientras aún palpitaba desgarradoramente entre sus costillas.
Tan agobiado como ansioso, gateó hasta poder trepar su propia cama, alcanzando a ciegas la lámpara en su mesa para al fin poder poner algo de claridad al lugar. Usó entonces esa claridad para rellenar un vaso de cristal con el líquido que aún llenaba una de las botellas de alcohol de sobre el mueble. Fue tras pegar un largo trago que se dio cuenta de qué bebida se trataba. “Bourbon”, era la palabra grabada en grande la parte delantera del envase. “Scotch”, la inscripción en la botella directamente al lado de ella. O al menos eso le pareció ver a él, aunque nunca nadie sabría si de verdad esa botella existió, o si era su mente jugándole una mala pasada.
Aquella nueva visión le devolvió a su mala elección de palabras. ¿Por qué había dicho algo tan desconsiderado? ¿Los nervios habían antepuesto su fachada a los sentimientos de un amigo? ¿Desde cuándo él era capaz de actuar de esa forma tan fría frente a un cadáver, y más el de un amigo? ¿Sería esto que su nueva relación con esa persona había influido negativamente en él? Como una llamada de socorro y a la vez de alivio de su propio cuerpo, las lágrimas al fin empezaron a recorrer sus mejillas, ansiosas por alcanzar las sábanas que cubrían la cama. Y gracias a ellas fue que pudo dormir, que no descansar, luego de esa larga y tortuosa noche.
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