Todo comenzó en ese atardecer, cuando por esas casualidades de la vida, tras terminar de hablar con el dios Mouri, pasé por las afueras del Café Poirot. Las luces estaban apagadas casi en su totalidad. Si hubiera estado totalmente oscuro, no la hubiera visto, pero no fue así, ella estaba ahí, limpiando el mesón como tantas otras veces, en la soledad misma, sin la compañía de ese rubio frustado que solo la hacía sufrir, con las lágrimas que le brotaban lentamente por sus mejillas angelicales. Era mi momento. No tendría otra oportunidad.
Toqué fuertemente con los nudillos y, tras una espera de alrededor de treinta segundos, la puerta se abrió, y ella, sonriente y limpiandose los parpados con los dedos, me preguntó si acaso era otro de esos detectives amigos de Furuya que se venía a burlar de ella. Entonces, con una parte de mi corazón que me subía y bajaba por la garganta, le dije que yo no era detective, sino un inspector. Fue ahí cuando sus ojos se le abrieron por completo y se abalanzó sobre mí, para enseguida colocar sus calidos labios en mi oido derecho y decirme que ella, la mismisima Azusa Enomoto, siempre había deseado enamorarse de un inspector. No lo podía creer. Ya no tendría que besar sus fotos antes de dormir.
Y supongo que esa es la parte bonita de la historia, la que de alguna manera me mantiene con la esperanza de que algún día ella vuelva a recuperar el conocimiento, que hace más digerible las compras de chocolates y flores que hago cada semana. Sin ese momento, creo que no podría ni mirarme al espejo en las mañanas. Demonios. Nunca debí haber confiado en ese miserable de Shinichi Kudo.
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